EL CRIMEN DE CANILANDIA

No es que yo quiera satanizar a los canis, válgame el cielo. No es que yo quiera criminalizarlos. Y menos en Canilandia, nombre que podíamos ponerle a Sevilla. Hasta el punto de que nunca sabemos si el cani es un producto netamente sevillano, o si es nuestra sólo esta denominación de origen, este nombre, voz cuya etimología y origen por cierto desconozco, a ver si algún lector entendido en el habla de la calle me echa una mano y lo aclara.
No es que yo quiera acusar a los canis en general de nada. En los canis, como en todo, debe de haber clases y categorías, especímenes y variedades. Pero no se me quita de la cabeza la imagen de los confesos inculpados en el crimen de Marta llegando a los juzgados conducidos por la Policía, vistiendo el cuerpo del uniforme al que pertenecen: la equipación oficial de los canis. En la velocidad del traslado y de la imagen, me pareció al principio que lo que llevaba uno de ellos era un pañuelo palestino, que hubiera sido tela de clásico. Pero no era tal. Era una sudadera blanca con una serie de estampaciones negras por la pechera y por el cuello que hacía parecerla cufiya palestina. ¡Lo que les gusta el color blanco a los canis! Lo que le gusta a un cani un zapato blanco, con la punta muy fina y muy alargada, cuando se visten en plan maqueón, con un traje blanco también, aunque sea invierno y haga una pelúa importante.
Tanto Miguel como Samuel llegaban al juzgado vestidos de canis con el añadido más característico de la sudadera que usar suelen: la capucha. Deben de pertenecer ambos a la variedad del cani capuchino, muy abundante en Sevilla. A nadie se le ocurre ponerse una prenda con capucha. Al cani, sí. Y el cani, además, se cala la capucha, como si fuese el fraile del barómetro cuando señala con el puntero que va a llover. El cani imputado, cual el fraile, llevaba la capucha puesta. Yo me preguntaba siempre para qué querrían tantas capuchas los canis. Ahí está la respuesta. Para estos casos, y no es que yo los satanice a todos. Pero a estos canis imputados por el crimen de Marta la capucha de la sudadera les ha dado un avío bastante importante para velar su cara ante las cámaras, ellos que aseguran conocen el rostro de la muerte más aberrante.
¿Y la ferretería? Llamo ferretería a los pírcines. No hay cani que se precie que no lleve un pírcin hasta en el bonobús. En el vídeo que han repetido tanto, las declaraciones donde Samuel hablaba de la desaparición de Marta como si tal cosa, se aprecia que luce la metalistería de los pírcines en todo su esplendor. El pírcin es como el marchamo de garantía del cani, el control de calidad. Inquietantes pírcines. Al fin y al cabo, es imaginable cómo Samuel se puso el pírcin en la oreja, en el labio, en las cejas, en las aletas de la nariz. Pero, ¿y la ferralla que llevan en las mejillas? ¿Cómo se pueden hincar estos chavales ahí los pinchos de tanta bisutería?
Echo en falta, empero, en los canis inculpados otros complementos de su indumentaria muy indicativos de su condición. Por ejemplo, la gorra. Deben de ser de la variedad de canis desgorrados. Y también echo en falta algo de oro, no sé, la cadena de oro, a ser posible con la silueta de Camarón a modo de Cristo de Dalí. Sí deben de llevar las zapatillas Nike de reglamento. Un horror.
No me cuadra nada que la pobre Marta anduviera con esa manta de canis. Marta no era una yeni. ¿Consideramos esta parte del problema social de la falta de principios y valores, que es el trasfondo del crimen? Los canis capuchinos empiezan dando palizas a los pijos de Los Remedios y acaban matando a las muchachas en flor y reescribiendo la triste copla de ay, yayayay, cómo se la lleva el río...

Antonio Burgos
Fuente: ABC de Sevilla

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Me parece lo mas patético que he oido en mi vida. Antonio Burgos es un imbécil y mucho mas siendo sevillano, pues.....ha dejado sevilla en muy mal lugar. me gustaria poder decir algo mas sobre este artículo, pero...sinceramente, no merece la pena ni siquiera perder tiempo en esto, asi que solo se me ocurre decir que este escritor es un soberano imbecil.