SÍNDROME DE NOÉ

Los profesionales de la medicina y sus variantes se puede decir que no se devanan mucho los sesos a la hora de poner nombre a los distintos trastornos o síndromes nuevos que van apareciendo en nuestra sociedad. O le ponen el nombre del descubridor/es, por ejemplo Síndrome de Niemann-Pick, o recurren a personajes históricos con similitudes a la enfermedad diagnosticada, por ejemplo el Síndrome de Noé.
Existen discrepancias entre qué es realmente el Síndrome de Noé. Algunos lo consideran un trastorno neurótico de tipo obsesivo-compulsivo variante del Síndrome de Diógenes, y otros lo consideran como un trastorno psicótico. Dicho de otra forma, no se sabe todavía si solamente es una alteración de la conducta que sería tratada con psicoterapia, o es una enfermedad mental con una base patológica orgánica (como por ejemplo la Esquizofrenia) que requeriría un tratamiento farmacológico.
Una persona con Síndrome de Noé se caracteriza por acumular una cantidad desmesurada de animales dentro de sus viviendas o terrenos adyacentes. Se le relaciona con el Síndrome de Diógenes precisamente por este afán acumulativo (En Diógenes son basuras y todo tipo de objetos, y en Noé son animales).
No hay que confundir a las personas que padecen este síndrome con aquellas que son amantes de los animales. Un afectado de Noé recogerá animales de todo tipo, sobre todo domésticos, como gatos y perros principalmente, y los tendrá hacinados sin las más mínimas condiciones de higiene y alimentación. Aunque él crea que está ayudando a los animales, en realidad no reconocerá lo contrario, que los tiene descuidados y desatendidos, y que en vez de ayudarlos los está maltratando.
En cuanto al perfil de personas que suelen tener esta enfermedad, pueden ser de todas las clases sociales, nivel cultural y económico. Una característica común que suelen tener es la soledad. Son personas que no tienen contactos con familiares, bien porque hayan fallecido o bien porque este no desee ninguna relación con ellos. También por lo general suelen ser personas ya de una avanzada edad, rasgos comunes que comparten también con los afectados por el Síndrome de Diógenes.
En nuestra sociedad se dan cada vez más casos de este tipo de enfermedades mentales. No es un problema que afecta solamente a la persona enferma, sino que influye en su entorno vecinal, y puede acarrear graves problemas tanto a nivel higiénico-sanitario como de convivencia.
Hoy por hoy la administración carece de mecanismos eficientes para afrontar este tipo de problemas. Cuando se denuncian estos casos los procedimientos judiciales son muy lentos, y en la mayoría de los casos cuando se actúa ya es demasiado tarde para muchos de los animales.
Ahora que llega el verano, también se suele dar otro síndrome relacionado con este, pero no es ninguna enfermedad ni se considera como problema social. Es el Síndrome del Cabrón, del cabrón que compra un perrito o un gatito al niño en navidades y cuando llegan las vacaciones lo tira a la calle como si fuera una bolsa de basura. A estos cabrones les daba yo un buen tratamiento, una psicoterapia intensiva que consistiría en meterlos en un camión y soltarlos en medio del desierto del Gobi, sin comida ni bebida (y lamentablemente sin carreteras con coches que los pudieran atropellar) para que experimentaran en sus carnes lo que sufren los animales a los que se les hace esta salvajada.
Bueno, espero que esto último que he dicho no me lo tomen al pie de la letra, es sólo una forma de decir que hay que concienciarse de que los animales sienten y padecen como nosotros, y que cuando adoptamos a un animal debemos tener una responsabilidad hacia ellos.

HIKIKOMORI

Las culturas orientales siempre se han diferenciado enormemente de los patrones occidentales que conocemos y en los que nos hemos desarrollado durante siglos. A mi siempre me ha fascinado la dualidad y los contrastes que presenta la cultura japonesa. Por un lado vemos a Japón como potencia económica mundial, con un estilo de vida dedicado al trabajo, a la productividad y al desarrollo tecnológico. Pero por otro esta la Japón misteriosa, la de los ritos ancestrales, la de las tradiciones milenarias, la de las geishas, la de los sumotoris...
Hace tiempo escuche hablar sobre un fenómeno que se está dando cada vez más en Japón, que seguro que muchos de vosotros conoceréis, y que es exclusivo de este país (o no). Son los llamados Hikikomoris.

Jóvenes japoneses reclusos en su cuarto

Han crecido en una de las sociedades más ricas del mundo. Desde la más tierna infancia sus padres les han proporcionado todo lo que han querido y más. Pero no tienen amigos y muchos son hijos únicos. No hablan con nadie, ni siquiera con sus padres. No se interesan por nada. El mundo exterior no cuenta para ellos. Están encerrados en su cuarto. Se trata de un fenómeno que afecta a un creciente número de jóvenes japoneses desde los 13 a los 30 años. Se les conoce con el apelativo de hikikomori, que en japonés puede significar: inhibición, reclusión, aislamiento. La mayoría son (o han sido) estudiantes brillantes que no han podido sobrellevar el estrés de las exigencias y requerimientos de una sociedad competitiva. Su cuarto está abarrotado de aparatos de todas clases: televisor, PlayStation, DVD, ordenador, teléfono móvil (que ahora no usan). Se pasan la noche jugando con el ordenador(videojuegos) o viendo televisión, y durante el día duermen. La mayoría son pacíficos, pero no todos. El inesperado –y con frecuencia repentino– retiro silencioso de chicos y chicas normalmente alegres, inteligentes y sociables, es de los misterios más desconcertantes de la sociedad japonesa de hoy. Miles de adolescentes y jóvenes se recluyen herméticamente en su cuarto, apartándose del mundo exterior. Como ocurre con frecuencia en los trastornos psíquicos de conducta, su estado no se debate abiertamente. Pero el fenómeno es objeto de documentales televisivos, artículos de prensa y reportajes, así como de más de treinta libros. Ellos tampoco quieren que se conozca y si los padres tratan de procurarles ayuda, se rebelan de forma violenta o amenazan con suicidarse. La mayoría permanecen literalmente encerrados, sin contacto con el exterior. Otros salen de vez en cuando de sus casas por breve tiempo, casi siempre de noche, rehúsan trabajar y evitan todo tipo de trato social. Según datos estadísticos oficiales, el 41% de ellos viven como reclusos entre uno y cinco años. En 2002 se registraron 6.151 casos en 697 centros de salud. De todos modos,estas cifras no son en absoluto exhaustivas, porque la inmensa mayoría de los casos no se hacen públicos. Bastantes sufren enfermedades mentales como depresión, agorafobia o esquizofrenia, pero los expertos dicen que la gran mayoría de estos “reclusos” se encierran durante seis meses o más sin mostrar ninguna otra señal de trastorno neurológico o psiquiátrico. Los expertos estiman que el total de afectados supera el millón, lo que puede parecer exagerado. Pero mientras no se lleve a cabo un estudio más detallado de la cuestión, esas cifras son por el momento tan difíciles de probar como de refutar. Entre las diversas razones que dan para explicar este fenómeno, muchos expertos coinciden en que una de las principales es el descenso de la natalidad (el índice de fecundidad es de 1,3 hijos por mujer). El reducido número de nacimientos significa que cada vez más familias tienen un solo hijo, en el que ponen todas sus esperanzas. Por otra parte, estos jóvenes crecen sin un modelo de conducta masculino, porque sus padres están siempre fuera del hogar debido a las largas horas de permanencia en la empresa que les exige su trabajo, si quieren conservar su puesto. Además, la llamada “cultura de la vergüenza” –típica de Japón– hace que la gente esté pendiente de cómo son percibidos por otros, si tienen algún problema de ajuste en su grupo social. “Un blanco en el currículo equivale a suicidio social. Una vez que te has separado del grupo en esta sociedad enfermiza –dice una de las víctimas, que ha logrado recuperarse– no hay forma humana de volver. Hikikomori no es una enfermedad propiamente dicha, sino una condición social. Mientras Japón no se convierta en un lugar más fácil para vivir, el número no disminuirá”. La riqueza de Japón hace posible el fenómeno de aislamiento social. Tanto a los adolescentes como a los jóvenes (conocidos con el apelativo de solterones parásitos) los mantienen sus padres. “Cuando yo era joven nadie se libraba de ir a trabajar. Ahora las familias tienen dinero suficiente y los hijos no necesitan encontrar trabajo enseguida”, dice Hiromi Ohno, cuyo hijo vive encerrado en su habitación y a quien apenas ha visto en siete años. Ella y su marido han decidido no pasarle por debajo de la puerta de su cuarto un sobre con 50.000 yenes de asignación mensual, como venían haciendo desde hace años, para ver si así sale de su “nido”. En Japón es fácil vivir entre cuatro paredes, dice Seiei Muto, de Tokyo Mental Health Academy, y con el descenso de la natalidad los niños juegan solos, comen solos, estudian solos. Muto y otros dicen que en Japón hay un deterioro efectivo de la capacidad de comunicación. El incremento del anonimato, sobre todo en las grandes ciudades, y el colapso de la mutua cooperación entre vecinos son los factores principales. También hay quienes piensan que el problema tiene profundas raíces históricas y culturales. “Japón es un país rico, pero los japoneses carecemos de identidad y nos falta confianza y habilidad para comunicar con otros –dice Tadashi Yamazoe, profesor de psicología clínica en Kyoto Gakuen University, en una entrevista publicada en The Japan Times–. Los japoneses tienen en general una personalidad pasiva”. Pero otros muchos dicen que hikikomori es un fenómeno moderno que evidencia la gran brecha generacional entre los que con su trabajo abnegado pusieron las bases y construyeron el éxito económico de posguerra y sus hijos, que no quieren y ni siquiera pueden ya lograr el empleo vitalicio de sus padres, en la presente estructura económica del país.

Buscando información audiovisual sobre este fenómeno encontre en Youtube este documental del canal temático Odisea que os pongo aquí para el que desee verlo. La verdad es que es realmente impactante ver al primer joven que está encerrado en un cuarto lleno de basura al más puro estilo síndrome de Diógenes, y lavándose según cuenta su madre cada seis meses. En el segundo caso que ponen, el joven llevaba 4 años encerrado en el cuarto después de haber terminado sus estudios universitarios, sin tener contacto físico ni verbal con su madre (la madre decía que sabía que su hijo estaba vivo porque escuchaba crujir la madera de la habitación). También el detalle de que para grabar el documental todas las familias pedían la más absoluta discreción para que ningún vecino se percatase de que ocurriera algo fuera de lo normal. Uno de estos jóvenes accedió a ser entrevistado, cosa que rara vez ocurre y que para su familia fue todo un progreso.
"Hikikomori, jóvenes invisibles"









Después de analizar así por encima este fenómeno, ¿Creéis que es exclusivo de los jóvenes japoneses?¿Quiénes son los responsables?¿los padres?¿los hijos?¿el entorno social?. Yo pienso que no, que estos casos se pueden dar también en países como el nuestro, pero son bastante aislados o desconocidos por lo general. Aquí a lo mejor los jóvenes no llegan a situaciones tan drásticas como las descritas antes, pero si es verdad que muchos caen en depresiones y no salen de casa de sus padres por el desánimo que tienen ante una sociedad que no le da oportunidades de trabajo e independizarse para formar una familia (o vivir solos). Después están también los que no se van de sus casas, pero no por estos motivos, sino porque aun teniendo trabajos y posibilidades, prefieren la comodidad de seguir siendo los "niños de papa" y que les tengan la comida preparada y la ropita limpia y planchada...(de esto tienen más culpa los padres que los hijos).

SOMOS PREDECIBLEMENTE IRRACIONALES

En la última emisión del programa Redes, Eduard Punset entrevistó a Dan Ariely, un economista conductual de la Universidad de Massachussetts, que se dedica al estudio de nuestros comportamientos más cotidianos desde un punto de vista psicológico y económico. En uno de sus últimos libros explica las conclusiones acerca de que nos influye realmente a la hora de tomar decisiones. Para muchos economistas el hombre realiza siempre un razonamiento lógico antes de elegir un producto determinado entre distintas opciones. Pero Ariely,mediante una serie de experimentos concluye que está afirmación no es del todo cierta, y que tras una decisión aparentemente adoptada de modo racional se esconden muchos componenentes irracionales basados en creencias y experiencias previas.

Uno de los experimentos más curiosos realizados por este economista y que en el último programa de Redes intentaron reproducir es el de los "Chocolates". Consistía en lo siguiente: Se ofrecen dos tipos de chocolates a distintas personas para ver por cual de ellos optarían en función de la calidad-precio. Uno de ellos es un chocolate belga de una marca belga muy prestigiosa de buena calidad cuyo precio real es de 0,60 €/unidad. El otro es un chocolate de una marca de supermercado de menor calidad cuyo precio real es de 0,20€/unidad.
En el primer caso se ofrecen los chocolates con los siguientes precios:
-Chocolate belga: 0,15 €
-Chocolate supermercado: 0,01 €
De 100 personas, 73 compran el chocolate belga, y 26 el chocolate del supermercado. La mayoría de la gente se diría que ha hecho una elección basada en la racionalidad,
puesto que su elección estaba basada en la relación calidad-precio,es decir, que eligen mayoritariamente el más caro porque es de más calidad que el más barato, y relativamente el margen es muy bajo entre los dos.
En el segundo caso se ofrecen los chocolates con el mismo margen de precio, pero se decide hacer una rebaja de 0,01 €, con lo que los precios serían:
-Chocolate belga: 0,14 €
-Chocolate supermercado: GRATIS (0 €)
¿Serán los porcentajes de elección como en el primer caso?¿Seguirá el mismo criterio racional de relación calidad-precio?. Pues no. 31 personas optan por el chocolate belga y 69 por el del supermercado. Como se observa, se da la vuelta a la tortilla. La mayoría de la gente en este caso prefiere "lo gratis",importándole poco que sea de calidad o no, osea, toman una decisión irracional. Según Ariely el atractivo del concepto gratis está relacionado con el miedo del ser humano a perder. Cuando se elige algo gratis se supone que no hay posibilidad alguna de perdida.
Este concepto de la gratuidad es utilizado hoy dia como reclamo de ventas en tiendas y grandes almacenes. Cuando vamos al supermercado y elegimos comprar uno de esos productos 3x2 (pagas dos y te llevas uno "gratis") creemos que estamos tomando una decisión racional, pero realmente estamos cayendo en esa "trampa" de la gratuidad, en ese miedo irracional que tenemos a perder.

Otro experimento muy curioso que realizó Ariely con sus alumnos de la universidad fue el de la "Procrastinación". La procrastinación se define como la acción de postergar lo que uno debe hacer para dedicarse a otras actividades más triviales o apetecibles. Ariely mando a sus alumnos realizar tres trabajos durante el semestre. Sus alumnos estaban dividos en dos clases. A los de la primera clase les dijo que los tres trabajos podían entregárselos cuando quisieran a lo largo del semestre, mientras que a los de la segunda clase les puso fechas límites para los mismos, el primer trabajo la semana cuatro del semestre, el segundo trabajo la semana ocho y el tercer trabajo la semana 12. Es decir, a la primera clase les dio un trato de libertad para poder decidir ellos, mientras que a la segunda les dio un trato "dictatorial" sin posibilidad de elegir. En teoría los que tendrían más libertad y flexibilidad serían los que realizarían los mejores trabajos que a los que se les imponía unos límites. Sin embargo los resultados demostraron en este caso todo lo contrario. La clase que obtuvo de media mejores notas en los trabajos fue la segunda. Según Ariely esto era debido a que los alumnos con plena libertad tendían a la desidia. Postergaban sus trabajos y cuando se les echaba la fecha límite encima tenían que hacer los tres trabajos a la vez y en consecuencia eran peores. Los otros al tener las fechas límite repartidas hacían sus trabajos mejor. Es decir, que cuanto más se restringiera la libertad de un alumno las posibilidades de dejarse llevar o desidia se disminuirían mucho más. Ariely asegura que si este tipo de restricciones se aplicara a los hombres de una manera constructiva y en distintas áreas como la alimentación, la salud, el trabajo y otras muchas más, sería muy beneficioso para nosotros.

En fin, estos experimentos y ensayos están reflejados en el libro de Dan Ariely "LAS TRAMPAS DEL DESEO: COMO CONTROLAR LOS IMPULSOS IRRACIONALES QUE NOS LLEVAN AL ERROR". Pongo aquí los vídeos del programa para el que desee ver los experimentos de manera más documentada y otros más que se explican, y la interesante entrevista que mantiene Punset con este economista.